1.7 La rabia que quiere justicia

1.7 La rabia que quiere justicia

El fuego que nace al ver el daño

Hay cosas que te encienden por dentro. Ves cómo maltratan a un animal y algo se quema en tu pecho. Descubres que alguien cerca sufre injusticia y no puedes quedarte quieto. Te enteras de cómo se destruye el planeta y sientes una mezcla de rabia, impotencia y ganas de hacer algo.

Esa rabia no es mala. Al contrario: es señal de que tu corazón está vivo, de que tienes sensibilidad, de que la injusticia no te deja indiferente. La Santa Divinidad te ha dado esa capacidad de indignarte ante el daño porque estás llamado a cuidar la creación, no a mirar para otro lado.

El problema no es la rabia en sí. El problema es qué haces con ella. Si la dejas sin cauce, puede volverse veneno: amargura, resentimiento, deseos de responder con más daño. Pero si aprendes a canalizarla, puede convertirse en energía para construir, para servir, para transformar.

La impotencia y las ganas de acción

Junto a la rabia llega a menudo la impotencia. Ves problemas tan grandes que no sabes por dónde empezar. El sufrimiento del mundo te desborda. Y piensas: “¿Qué puedo hacer yo, tan pequeño, frente a todo esto?”.

Esa pregunta es importante. Porque si crees que solo vale la pena si resuelves todo, te paralizarás. La santidad práctica te invita a pensar diferente: no se trata de resolverlo todo, sino de hacer lo que está a tu alcance, con amor, con constancia, con respeto.

Un gesto pequeño hecho con conciencia ya es semilla de cambio. Ayudar a un animal herido. Plantar una semilla. Defender a quien están molestando en clase. Firmar una petición. Hablar con otros sobre lo que te preocupa. No todo a la vez, pero algo cada día.

La Santa Divinidad no te pide que salves el mundo. Te pide que cuides la parte de mundo que tienes cerca, y que lo hagas con el mismo amor con que Ella cuida de ti.

El choque con la apatía adulta

Una de las cosas que más duele es encontrarte con adultos que parecen no ver, no sentir, no moverse. Planteas un tema y te responden con indiferencia. Compartes tu rabia y te dicen que exageras. Propones una acción y te frenan con mil excusas.

Este choque puede hacerte sentir solo, incomprendido, incluso traicionado por quienes deberían guiarte.

Pero antes de juzgar, intenta comprender. Muchos adultos han acumulado cansancio, desengaños, heridas que los han ido apagando. No es excusa, pero es realidad. Ellos también necesitan que alguien despierte su sensibilidad.

Tus padres, en particular, tienen la responsabilidad de orientarte. Si sientes que no te entienden en esto, busca el momento adecuado para hablar con calma. Explica lo que sientes, por qué te importa, qué te gustaría hacer. Escucha también su perspectiva. A veces, detrás de la aparente apatía hay miedo por tu seguridad, o una visión diferente de cómo se cambian las cosas.

El diálogo respetuoso, aunque no lleguen a entenderte del todo, ya es un puente. La familia es sagrada y el primer lugar donde practicar la paciencia y la comunicación.

La creación clama y tú puedes responder

Hay una verdad profunda en la sabiduría de muchos pueblos: toda la creación está viva. El río, el árbol, el animal, la tierra, todo tiene la vida que la Santa Divinidad le da. Y cuando esa creación sufre, algo en el universo se resiente.

Tu sensibilidad ante el daño no es casual. Es la Santa Divinidad hablándote a través de tu propio corazón, recordándote que eres parte de esa red de vida y que estás llamado a cuidarla.

Cada vez que ayudas a un animal, estás honrando a Quien lo creó. Cada vez que cuidas el agua, estás agradeciendo el don de la vida. Cada vez que defiendes a alguien que sufre injusticia, estás siendo canal del amor divino.

No necesitas hacer cosas grandiosas. Las pequeñas acciones, hechas con conciencia, van tejiendo un mundo diferente. Y tú puedes ser parte de ese tejido.

Ejemplo cotidiano

Un día cualquiera. Ves en redes un video de maltrato animal. La rabia te sube como una ola. Quieres responder con ira, compartir el video con un mensaje furioso, insultar a quienes lo hicieron.

Pero respiras. Te permites sentir la rabia sin dejar que te controle. Piensas: “¿Qué puedo hacer yo que realmente ayude?”.

Hablas con tus padres y les compartes lo que sientes. Juntos exploran ideas. Quizás puedes ofrecer tiempo como voluntario en un refugio de animales cercano (preguntando antes qué necesitan y si aceptan menores acompañados). Tal vez puedas iniciar con algunos amigos —de tu célula o del instituto— una pequeña campaña de información sobre el cuidado de los animales o el medio ambiente: carteles, charlas, redes sociales. Otra opción es organizar una colecta de alimentos o mantas para animales abandonados, involucrando a tu comunidad educativa. También podrían dedicar una tarde a limpiar una zona natural cerca de tu barrio, en familia o con amigos.

Lo importante no es la magnitud de la acción, sino la intención sincera y la constancia. Además, al hacerlo en compañía, la energía se multiplica y la rabia se transforma en comunidad. No necesitas resolver el problema del mundo; necesitas hacer tu parte, con respeto y creatividad.

Consulta siempre con tus padres —ellos pueden orientarte, acompañarte y ayudarte a evaluar riesgos— y con la Santa Divinidad, pidiendo luz para elegir el camino adecuado. Tu energía, bien canalizada, puede mover montañas pequeñas, y esas montañas pequeñas son las que construyen un mundo nuevo.

Ejercicio práctico: Transformar la rabia en servicio

Días 1-2: Observa qué situaciones te encienden la rabia. Anótalas. Luego pregúntate: “¿Qué hay detrás de esta rabia? ¿Qué valor mío siento que está siendo herido?”.

Días 3-4: Elige una causa que te importe (animales, medio ambiente, injusticia social). Investiga una organización seria que trabaje en ello. Averigua qué necesitan y qué puedes hacer tú, desde tu lugar.

Días 5-6: Realiza una acción concreta y significativa. Puede ser compartir información responsable, ofrecer tiempo de voluntariado, donar algo, firmar una petición, escribir una carta, o hablar con otros sobre el tema con respeto, para difundir la problemática.

Día 7: Involucra a tu familia. Comparte con tus padres lo que has descubierto y pregúntales si quieren participar en algo contigo. Aunque digan que no, el diálogo ya es valioso.

Durante toda la semana, cuando la rabia aparezca, practica esto: respira hondo, nómbrala (“esto es rabia”), y pregúntate: “¿Qué acción constructiva puedo hacer con esto?”.

Afirmación santa

“Mi rabia no es enemiga.
Es fuego que me dice: algo importante está en juego.

Hoy no dejaré que me queme por dentro.
Hoy canalizaré esa energía en servicio.

No puedo cambiarlo todo,
puedo cambiar algo.
Empezar con un gesto pequeño, hecho con amor,
ya es semilla.

La Santa Divinidad me llama a cuidar su creación.
Hoy responderé, a mi manera, con respeto y con paz.
Así sea.”

1.8 La presión y la ansiedad

El peso de las expectativas

Hay una mochila invisible que a veces pesa demasiado. En ella van las notas que debes sacar, los logros que se esperan de ti, las decisiones sobre tu futuro, las comparaciones con hermanos o amigos, las palabras de quienes te quieren y solo desean lo mejor, pero que sin querer añaden carga.

Esta mochila no la llevas porque quieras. La llevas porque el mundo empuja: los profesores, la familia, tus propias exigencias. Y también porque hay una vocecita interna que repite: “Tienes que dar más. Esto no es suficiente. Podrías hacerlo mejor”.

La presión no es mala en sí misma. Cierta dosis de exigencia ayuda a crecer. El problema es cuando esa presión se vuelve constante, cuando no hay respiro, cuando el “deberías” ocupa todo el espacio y no deja lugar para el “eres”.

La ansiedad que aprieta el pecho

Y entonces llega la ansiedad. Sin avisar. A veces en la ducha, otras en medio de la clase, otras en la madrugada cuando todos duermen y tú no. El pecho se aprieta. La respiración se acorta. Los pensamientos giran como una rueda que no para: “¿Y si no apruebo? ¿Y si defraudo? ¿Y si me equivoco? ¿Y si no estoy a la altura?”.

La ansiedad no es tu enemiga. Es una señal, como una luz en el tablero del coche que indica que algo necesita atención. Tu cuerpo y tu mente te están diciendo: “Vas muy rápido. Llevas demasiado peso. Necesitas una pausa”.

El problema es que a menudo ignoramos esa luz. Seguimos, empujamos, acumulamos. Y la ansiedad crece.

La sensación de nunca ser suficiente

Bajo la presión y la ansiedad hay un pozo más hondo: la sensación de que nunca es suficiente. Por más que estudies, podrías haber estudiado más. Por más que ayudes, podrías haber ayudado más. Por más que te esfuerces, siempre hay alguien que parece hacerlo mejor.

Esta sensación es una trampa. Porque cuando “suficiente” es una meta que se mueve constantemente, nunca llegas. Siempre hay un “más” al otro lado.

La Santa Divinidad no te pide que seas suficiente para el mundo. Te pide que seas fiel a ti mismo, que desarrolles los dones que te ha dado, que camines a tu ritmo. En la creación, cada ser cumple su función sin compararse: el árbol no quiere ser río, la montaña no quiere ser nube. Cada uno es lo que es, y eso basta.

La respiración como puerta de vuelta

Cuando la ansiedad aprieta, hay una herramienta sencilla y siempre disponible: la respiración. No es una fórmula mágica, pero es una puerta de regreso a ti mismo.

Respirar hondo una vez no soluciona los problemas, pero crea un pequeño espacio entre tú y la ansiedad. En ese espacio puedes elegir: dejarte llevar por el torbellino, o responder con conciencia.

Puedes practicar en cualquier momento. En el instituto, antes de un examen. En casa, cuando sientas que la presión crece. En la noche, cuando los pensamientos no te dejan dormir. Tres respiraciones profundas, sintiendo el aire que entra y sale. Solo eso. Luego, si quieres, puedes hablar con la Santa Divinidad: “Aquí estoy, esto pesa, ayúdame a llevarlo”.

Hablar con tus padres y buscar apoyos

La presión y la ansiedad no se llevan bien con el silencio. Cuando las guardas, crecen. Cuando las nombras, se vuelven más manejables.

Tus padres están ahí para eso. Ellos han vivido situaciones de presión, conocen el peso de las expectativas. Puede que no siempre entiendan tu forma de sentir, pero si les hablas con calma, si compartes lo que te pasa, abres una puerta. A veces solo escuchar “yo también he pasado por eso” ya alivia.

También puedes hablarlo con tus amigos de confianza, con tu célula, con algún adulto que te inspire seguridad. No tienes que cargar solo. La red está para sostener.

Y si la ansiedad es muy intensa, si se vuelve paralizante, pedir ayuda profesional es un acto de sabiduría, no de debilidad. La Santa Divinidad pone también personas con conocimiento para acompañar estos procesos.

Ejemplo cotidiano

Se acercan los exámenes finales. Llevas semanas estudiando, pero la noche antes no puedes dormir. Los pensamientos giran: “¿Y si me va mal? ¿Y si defraudo a mis padres? ¿Y si no entro en lo que quiero?”.

El pecho se aprieta. Respiras hondo una vez, otra, otra. No desaparece, pero hay un pequeño espacio. Te levantas, bebes agua, vuelves a la cama. En lugar de seguir dándole vueltas, hablas con la Santa Divinidad en silencio: “Tengo miedo. No sé si voy a lograrlo. Acompáñame”.

Al día siguiente, antes del examen, vuelves a respirar. Recuerdas que has hecho lo que has podido, que el resultado no define tu valor, que hay personas que te quieren más allá de las notas.

El examen sale regular. No fue tu mejor nota, pero tampoco un desastre. En casa, tus padres notan que estás tenso y te preguntan. Decides contarles: “Estuve muy nervioso estos días”. Te escuchan, te dicen que confían en ti, que ya habrá más oportunidades. No soluciona todo, pero el peso se reparte.

Ejercicio práctico: Cultivar espacios de paz

Días 1-2: Observa tu nivel de presión. ¿En qué momentos aparece? ¿Qué pensamientos vienen? Anótalos sin juzgar.

Días 3-4: Practica tres respiraciones profundas en tres momentos clave: al despertar, antes de estudiar, al acostarte. Solo eso, tres veces al día.

Días 5-6: Elige a una persona (tus padres, un amigo, un adulto de confianza) y comparte algo de lo que sientes. No tiene que ser todo, solo una parte: “Estos días estoy algo tenso por los exámenes”. Observa cómo se siente nombrarlo.

Día 7: Escribe una carta a la Santa Divinidad contándole tus presiones. Luego escribe una respuesta como si Ella te dijera algo con ternura. Quédate con esa frase.

Durante toda la semana, cuando la ansiedad aparezca, pregúntate: “¿Qué necesita mi cuerpo ahora? ¿Descanso? ¿Movimiento? ¿Hablar? ¿Un vaso de agua?”. La ansiedad es una señal; aprende a escuchar qué te está diciendo.

Afirmación santa

“Hoy suelto un poco el peso del ‘debería’.
Hoy recuerdo que soy más que mis resultados.

Cuando la ansiedad apriete, respiraré hondo.
Crearé un pequeño espacio entre ella y yo.

No necesito ser suficiente para todos.
Necesito ser fiel a lo que soy.

La Santa Divinidad me sostiene,
en los días de calma y en los días de tormenta.
Así sea.”

1.9 La ansiedad por el futuro: “¿y si me equivoco?”

El peso de elegir

En algún momento, la pregunta llega: “¿Qué vas a ser cuando seas grande?”. La hacen los familiares, los profesores, los amigos. Y aunque nace del cariño, puede clavarse como una espina.

Porque elegir asusta. Hay tantas opciones, tantos caminos, tanto miedo a equivocarse. ¿Y si elijo algo y no me gusta? ¿Y si me arrepiento? ¿Y si decepciono a quienes confían en mí?

La presión por decidir el futuro puede volverse una losa. Sientes que a los quince, dieciséis o diecisiete años ya deberías tener un plan claro, un mapa trazado, una respuesta lista. Pero la vida no funciona así. La mayoría de las personas adultas no terminaron haciendo lo que planearon a tu edad. Muchas descubrieron su camino mucho después, a veces por casualidad, a veces tras varios intentos.

La Santa Divinidad no te pide que tengas todo resuelto ahora. Te pide que camines con confianza, que explores, que pruebes, que te equivoques si es necesario. El error no es fracaso; es aprendizaje. Cada paso, incluso los que parecen equivocados, te llevan a donde necesitas estar.

El miedo a decepcionar

Detrás de la ansiedad por el futuro suele haber un miedo más profundo: el miedo a decepcionar. A tus padres, a tu familia, a ti mismo. No quieres fallarles. Quieres estar a la altura de lo que esperan.

Es hermoso que te importe. Eso habla de tu corazón. Pero hay algo que debes recordar: quienes te quieren de verdad no te quieren por lo que logres, sino por quien eres. Tu valor no está en tus aciertos, ni en la carrera que elijas, ni en el éxito que alcances. Está en tu esencia, en esa chispa de la Santa Divinidad que habita en ti.

Puedes hablar con tus padres sobre este miedo. Pregúntales qué esperan realmente de ti. Quizás descubras que lo que ellos desean no es una carrera concreta, sino que seas feliz, que encuentres un camino con sentido, que vivas con integridad. Abrir ese diálogo alivia y acerca.

La sensación de ir atrasado

Las redes no ayudan. Ves a gente de tu edad que parece tenerlo claro: unos ya deciden su carrera, otros emprenden proyectos, otros viajan, otros triunfan. Y tú, comparado con ellos, sientes que vas atrasado, que llegas tarde.

Pero no hay una carrera. No hay un ritmo único. Cada persona tiene su tiempo, su proceso, su forma de madurar. El que florece antes no florece mejor; solo florece antes. Y muchos de los que parecen tenerlo todo resuelto a los diecisiete, a los treinta están rehaciendo sus vidas desde cero.

La creación de la Santa Divinidad es sabia en sus ritmos. Un roble tarda décadas en crecer; un girasol florece en meses. Ambos son perfectos. Ambos cumplen su función. Tú también.

El futuro se construye paso a paso

La ansiedad por el futuro suele venir de querer ver el camino completo de una vez. Como si necesitaras un mapa detallado antes de dar el primer paso.

Pero la vida no se revela toda de golpe. Se va mostrando paso a paso. Hoy puedes dar una pequeña dirección: explorar un tema que te interesa, hablar con alguien que trabaja en algo que te llama la atención, hacer un curso corto, ofrecerte como voluntario en un área que te gusta. Cada pequeña acción te acerca a descubrir qué resuena contigo.

Y en ese proceso, la comunidad es clave. Tu célula, tus amigos, tu familia pueden acompañarte, aportar perspectivas, compartir experiencias. No tienes que descubrirlo solo.

La mirada de la Santa Divinidad en el futuro

La Santa Divinidad no tiene prisa. Te ha dado toda una vida para crecer, para equivocarte, para aprender, para reorientarte. No hay un “destino” escrito en piedra que debas acertar. Hay una invitación a caminar con conciencia, a escuchar tu interior, a servir con tus dones allá donde estés.

Puedes pedirle guía. No esperes respuestas mágicas, pero sí una certeza tranquila de que no estás solo. Y puedes observar cómo, a través de personas, libros, experiencias o casualidades, van llegando pistas sobre tu camino.

El futuro no es un lugar al que llegas de golpe. Es algo que construyes cada día, con cada pequeña elección. Y la Santa Divinidad está en cada una de ellas, sosteniéndote.

Ejemplo cotidiano

Terminas la secundaria el año que viene y todos preguntan: “¿Y ahora qué vas a estudiar?”. No lo sabes. Has pensado en varias cosas, pero ninguna te termina de convencer. La ansiedad empieza a crecer. Sientes que deberías tenerlo claro.

Una noche, hablas con tus padres. Les dices: “No sé qué elegir y me da miedo equivocarme”. Te escuchan. Tu madre te cuenta que ella cambió de carrera dos veces antes de encontrar lo suyo. Tu padre te dice que lo importante no es acertar a la primera, sino estar abierto a aprender.

Con ese diálogo, el peso se alivia un poco. Decides tomar acción: esta semana buscarás información sobre tres áreas que te interesan. Hablarás con un conocido que trabaja en una de ellas. Visitarás una feria de universidades con un amigo.

No has resuelto tu futuro, pero has dado un paso. Has compartido tu miedo y has empezado a explorar. Eso es avanzar.

Ejercicio práctico: Explorar sin presión

Días 1-2: Escribe en un cuaderno todas las opciones que te llaman la atención, sin juzgar si son “realistas” o no. Incluye estudios, oficios, viajes, experiencias. Déjalo reposar.

Días 3-4: Elige una de esas opciones y busca información real sobre ella. Habla con alguien que la conozca, mira videos, lee testimonios. Anota lo que aprendes.

Días 5-6: Comparte con tus padres o con tu célula lo que has descubierto. Pídeles su perspectiva, pero también cuéntales cómo te sientes. Escucha sin defensas.

Día 7: Escribe una carta a tu “yo del futuro” dentro de diez años. Cuéntale tus miedos, tus esperanzas, lo que hoy te preocupa. Luego escribe una respuesta de ese yo futuro, con la sabiduría que ha ganado.

Durante toda la semana, cuando la frase “debería saberlo ya” aparezca, sustitúyela mentalmente por: “Estoy en proceso, y eso está bien”.

Afirmación santa

“Hoy no necesito tener todo resuelto.
No necesito saber qué seré mañana.

El futuro se construye paso a paso,
y hoy estoy dando un paso.

Si me equivoco, aprenderé.
Si cambio de dirección, esa es mi libertad.

La Santa Divinidad camina conmigo,
no hacia un destino fijo,
sino hacia una vida plena, día a día.

Hoy confío en el proceso.
Hoy suelto la prisa.
Así sea.”

1.10 Las tentaciones que llaman fuerte

El deseo de escapar

Hay momentos en que la vida pesa. La presión, la confusión, el vacío, el cansancio. Y entonces aparece algo que promete alivio rápido: una sustancia, horas sin fin frente a una pantalla, una experiencia que te saque de ti mismo. Parece una puerta de escape.

Ese deseo de escapar no es malo en sí mismo. Es señal de que algo necesita atención. El problema es cuando la puerta que eliges te lleva a un lugar peor. Lo que empieza como un alivio puede terminar como una cadena.

Las sustancias, el alcohol, el refugio en pantallas sin límite, prometen calmar, pero luego suelen dejar más vacío del que había antes. Anestesian por un rato, pero no curan. Y a veces traen consecuencias que pesan durante días, semanas, años.

La Santa Divinidad te ha dado un cuerpo y una mente para vivir con plenitud, no para adormecerte. Cuidar ese templo es parte de tu camino. No se trata de miedo, sino de amor propio: mereces estar presente en tu vida, no escapando de ella.

El impulso de un segundo y el peso de después

Las tentaciones suelen llegar como impulsos rápidos. Un “¿por qué no?” en un instante. La presión del momento. El deseo de encajar, de probar, de ver qué se siente. Y en un segundo, decides.

Pero ese segundo puede dejar huellas largas. Decisiones tomadas sin pensar, palabras dichas sin medida, experiencias que no querías pero que aceptaste por no quedar mal. Después viene el peso: la culpa, la vergüenza, la preocupación, las consecuencias que no habías considerado.

No se trata de vivir con miedo a equivocarte. Todos nos equivocamos. Pero la invitación es a crear un pequeño espacio entre el impulso y la acción. En ese espacio cabe la posibilidad de elegir con conciencia.

Respirar, preguntarte: “¿Esto realmente lo quiero? ¿Me hará bien a mí y a quienes quiero? ¿Cómo me sentiré mañana?”. A veces ese pequeño instante de pausa es suficiente para elegir diferente.

La presión de grupo

Una de las tentaciones más difíciles viene de quienes te rodean. Amigos que insisten, un grupo que empuja, el miedo a quedar fuera si no haces lo que todos hacen. “Solo una vez”, “no pasa nada”, “todos lo hacen”.

Decir que no puede ser muy difícil. Duele la posibilidad del rechazo. Da miedo quedarse solo. Pero hay algo que pesa más: traicionarte a ti mismo. Hacer algo que en el fondo no quieres, solo por encajar, deja una marca más profunda que cualquier exclusión.

La verdad es que las amistades que solo se sostienen si haces lo que ellas quieren no son amistades verdaderas. Quien te aprecia de verdad respeta tus límites. Puede que al principio haya tensión, pero con el tiempo, si eres coherente, te ganas un respeto que ningún “seguir la corriente” te dará.

Además, no estás solo. Puedes hablarlo con tus padres, con tu célula, con adultos de confianza. Ellos pueden ayudarte a pensar cómo responder, cómo sostenerte, cómo encontrar aliados que piensen como tú. La red está para eso.

La mirada de la Santa Divinidad en las tentaciones

La Santa Divinidad no te juzga cuando sientes la tentación. Sabe que eres humano, que creces, que aprendes. Lo que te ofrece es compañía y claridad. Puedes hablarle en esos momentos: “Esto me tienta, no sé qué hacer, ayúdame a ver claro”.

Y también te ofrece una comunidad. Personas que han pasado por lo mismo, que pueden acompañarte, que te recuerdan quién eres cuando lo olvidas. No tienes que enfrentar las tentaciones solo.

Cada vez que eliges con conciencia, cada vez que pones un límite, cada vez que te cuidas, estás diciendo sí a tu dignidad. Estás honrando el templo que habitas. Estás creciendo.

Ejemplo cotidiano

Estás en una reunión con amigos. Alguien saca algo para fumar o beber. Te ofrecen. Todos lo hacen. Sientes la presión: si dices que no, quizás piensen que eres raro, que no te animas.

Tu corazón late rápido. Quieres encajar. Pero algo dentro te frena. Respirás hondo. Te tomas tres segundos. Piensas en lo que has leído, en lo que hablaste con tus padres, en la Santa Divinidad.

Dices: “No, gracias. No me apetece”. Alguno insiste, pero tú mantienes: “De verdad, no. Pero gracias”. El momento pasa. Al rato, todo sigue normal. Y tú te sientes en paz contigo mismo.

Al día siguiente, compartes la experiencia con tus padres o con tu célula. Te escuchan, te animan. No ha sido fácil, pero has sido fiel a ti mismo. Has creado un precedente: la próxima vez será más fácil decir que no.

Ejercicio práctico: Fortalecer la elección consciente

Días 1-2: Observa las tentaciones pequeñas que aparecen en tu día a día (pantallas, comida, dejadez). Sin juzgar, anota cuándo aparecen y cómo respondes.

Días 3-4: Practica la pausa antes de decidir. Cuando sientas un impulso, cuenta hasta tres antes de actuar. En ese espacio, pregúntate: “¿Esto me acerca a quien quiero ser?”.

Días 5-6: Habla con tus padres o con tu célula sobre la presión de grupo. Pregúntales cómo han manejado ellos situaciones similares. Escucha sus experiencias.

Día 7: Escribe una carta a la Santa Divinidad sobre una tentación que te cuesta. Pide claridad. Luego escribe una respuesta como si Ella te dijera algo con ternura. Quédate con esa frase.

Durante toda la semana, cuando enfrentes presión de grupo, recuerda: puedes retirarte con respeto, inventar una excusa amable, o simplemente decir “no” sin dar explicaciones. Tienes derecho a cuidarte.

Afirmación santa

“Cuando la tentación llame fuerte, respiraré hondo.
Crearé un espacio entre el impulso y la acción.

No necesito escapar de mí.
Necesito estar presente, con amor, con cuidado.

Puedo decir que no con respeto.
Puedo cuidar este templo que habito.

La Santa Divinidad me acompaña en cada elección.
Hoy elijo con conciencia.
Así sea.”

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